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Historia de
Baha'u'llah
BAHÁ'U'LLÁH: LA GLORIA DE DIOS
¡Oh tú! que estás
esperando, no te detengas más, porque Él ha venido. Contempla Su Tabernáculo
y Su Gloria residiendo en él. Es la Antigua Gloria con una nueva
manifestación.
Bahá'u'lláh.
Nacimiento y
Primeros Años
Mírzá Æusayn 'Alí,
Quien después adoptó el título de Bahá'u'lláh (Gloria de Dios), fue el hijo
mayor de Mírzá 'Abbás de Núr, un visir o ministro de Estado. Su familia era
rica y distinguida; muchos de sus miembros habían ocupado importantes
puestos en el Gobierno y en el servicio civil y militar de Persia. Nació en
Teherán, capital de Persia, entre el amanecer y la salida del sol del 12 de
noviembre de 1817.22 Nunca fue a la escuela o a la universidad y la poca
enseñanza que recibió Le fue impartida en Su casa. Sin embargo, aun de niño
mostró extraordinarios conocimientos y sabiduría. Siendo aún muy joven
perdió a Su padre, lo que Le legó la responsabilidad de cuidar a Sus
hermanos y hermanas menores y de administrar las extensas propiedades de Su
familia.
En una ocasión, 'Abdu'l-Bahá,
hijo mayor de Bahá'u'lláh, relató al autor los siguientes detalles de los
primeros años de Su Padre:
Desde Su niñez fue
extremadamente bueno y generoso. Era un gran amante de la vida al aire
libre, pasando gran parte de Su tiempo en el jardín o en el campo. Tenía un
extraordinario poder de atracción, que todos sentían. Las gentes siempre se
reunían en torno de él. Ministros y otras personas de la corte lo rodeaban,
y los niños también lo amaban. Contaba apenas trece o catorce años y ya era
renombrado por Su sabiduría. Podía hablar sobre cualquier tema y resolver
cualquier problema que se le presentara. En grandes reuniones discutía
asuntos con los 'ulamá (mullás principales) y explicaba intrincados
problemas religiosos. Todos ellos solían escucharlo con el más grande
interés.
Cuando Bahá'u'lláh
tenía veintidós años murió Su padre, y el Gobierno quiso que Él lo sucediera
en su puesto en el Ministerio, como era costumbre en Persia, pero
Bahá'u'lláh no aceptó la oferta. Entonces dijo el primer Ministro: "Dejadlo
solo. Este puesto no es digno de Él. Tiene en vista fines más altos. Yo no
puedo comprenderlo, pero estoy convencido que está destinado para una
elevada carrera. Sus pensamientos no son como los nuestros. Dejadlo
tranquilo."
Apresado como Bábí
Cuando el Báb
declaró Su misión en 1844, Bahá'u'lláh, que tenía entonces veintisiete años,
abrazó decididamente la Causa de la nueva fe, de la que pronto fue
reconocido como uno de los más poderosos e intrépidos exponentes.
Había sido ya dos
veces apresado por abrazar la Causa, y en una ocasión hubo de sufrir la
tortura del bastinado (apalear en las plantas de los pies), cuando en agosto
de 1852 ocurrió un hecho de terribles consecuencias para los bábís. Un
discípulo del Báb, un joven llamado Sádiq, quedó tan afectado por el
martirio de su Maestro, del que había sido testigo, que su razón se ofuscó y
en venganza acechó al Sháh y le disparó un tiro de pistola. Sin embargo, en
vez de usar una bala, cargó el arma con perdigones, y aunque algunos
alcanzaron al Sháh, no le provocaron ninguna herida importante. El joven
tiró al Sháh de su caballo, pero fue rápidamente apresado por los guardias
de Su Majestad que le dieron muerte allí mismo.
Todo el grupo de
bábís fue injustamente hecho responsable de este acto y se efectuaron
horrorosas masacres. Ochenta de ellos fueron ejecutados en Teherán después
de sufrir las más horrendas torturas. Muchos otros fueron prendidos y
encarcelados, entre ellos Bahá'u'lláh, Quien escribió después:
¡Por la rectitud
de Dios! Nosotros nada tuvimos que ver con ese odioso atentado y nuestra
inocencia fue indiscutiblemente probada ante los tribunales. Sin embargo,
Nos prendieron y llevaron a la prisión de Teherán desde Níyávarán, sitio de
la residencia real. Viajamos encadenados y a pie, con la cabeza descubierta
y descalzos. Un hombre brutal, que iba acompañándonos a caballo, arrebató el
sombrero de Mi cabeza, mientras un grupo de verdugos y guardias nos
apuraban. Nos encerraron durante cuatro meses en un lugar inmundo fuera de
toda comparación. Ciertamente, un foso oscuro y estrecho hubiera sido mejor
que la mazmorra donde este Ser agraviado y otros similarmente agraviados
fueron confinados. Cuando a nuestra llegada entramos en la prisión, fuimos
conducidos a lo largo de un lúgubre corredor; luego descendimos por tres
empinadas escaleras al lugar reservado para Nosotros. Era éste un sitio
oscuro, y nuestros compañeros de prisión sumaban cerca de ciento cincuenta
almas; ladrones, asesinos y salteadores de caminos. A pesar de encerrar tal
multitud, no tenía más salida que el pasaje por donde entramos. No hay pluma
capaz de describir este sitio y su olor nauseabundo. La mayoría de los
presos no tenían ropas con que cubrirse ni estera donde acostarse. ¡Dios
sabe lo que sufrimos en aquel lugar lúgubre y maloliente!
Día y noche
reflexionamos en esta prisión sobre los hechos, la condición y la conducta
de los bábís, preguntándonos qué podía haber inducido a un pueblo de tanta
grandeza de alma, nobleza e inteligencia a perpetrar un hecho tan audaz y
afrentoso contra la persona de Su Majestad. Fue entonces cuando este Ser
agraviado decidió levantarse, al salir de la prisión, y emprender con el
máximo vigor la tarea de regenerar a esta gente.
Una noche, en un
sueño, escuché estas gloriosas palabras que venían de todos lados: "En
verdad, Te ayudaremos a triunfar por medio de Ti mismo y por Tu pluma. No Te
aflijas por lo que Te ha sucedido, y no temas, puesto que estás seguro. En
breve el Señor revelará los tesoros de la tierra -hombres que Te ayudarán
por Ti y por Tu nombre con que el Señor ha revivificado los corazones de
aquellos que Lo han reconocido".23
Destierro a
Baghdád
Este terrible
encarcelamiento duró cuatro meses, pero Bahá'u'lláh y Sus compañeros
permanecieron fieles y entusiastas y en la mayor felicidad. Casi a diario
había un torturado o condenado a muerte, y los otros sabían que su turno
podía ser el próximo. Cuando los verdugos venían a llevarse a uno de ellos,
aquel cuyo nombre era llamado, literalmente bailaba de alegría, besaba las
manos de Bahá'u'lláh, abrazaba a sus compañeros y se apresuraba alegremente
hacia el lugar del martirio.
Se probó
concluyentemente que Bahá'u'lláh no tuvo parte alguna en el atentado contra
el Sháh, y el Ministro ruso atestiguó acerca de la pureza de Su carácter.
Además, Bahá'u'lláh estaba tan enfermo que se esperaba que muriera. Por lo
tanto, en vez de sentenciarlo a muerte, el Sháh ordenó que se le desterrara
a 'Iráq-i-'Arab, en Mesopotamia, y pocos días después partió acompañado de
Su familia y un número de creyentes. Sufrieron terriblemente con el frío y
otras penalidades en el largo viaje invernal, y llegaron a Baghdád en un
estado de casi completa miseria.
Tan pronto como
Su salud lo permitió, Bahá'u'lláh comenzó a enseñar a los que se interesaban
en Sus doctrinas y a alentar y exhortar a Sus discípulos, y pronto reinó la
paz y la felicidad entre los bábís.24 Esta paz, sin embargo, fue de poca
duración. Mírzá Yahyá, un medio hermano de Bahá'u'lláh, que era también
conocido con el nombre de «ub¥-i-Azal, llegó a Baghdád y poco después
comenzaron a surgir divergencias, secretamente instigadas por él, de manera
similar a las divisiones que surgieron entre los discípulos de Cristo. Estas
divergencias, que más tarde, en Adrianópolis, llegaron a ser abiertas y
violentas, eran muy dolorosas para Bahá'u'lláh, cuyo único objeto en la vida
residía en promover la unión entre los pueblos del mundo.
Dos Años en el
Desierto
Casi un año
después de Su llegada a Baghdád, partió solo y se internó en el desierto de
Sulaymáníyyih, llevando consigo nada más que una muda. Sobre este período
escribe lo siguiente en el Libro de Íqán:25
En los primeros
días de Nuestra llegada a este país, al ver las señales de acontecimientos
inminentes, decidimos retirarnos antes de que éstos se desataran. Nos fuimos
al desierto, y allí, solo y apartado, llevamos durante dos años una vida de
completa soledad. De Nuestros ojos caían lágrimas de angustia y en Nuestro
corazón sangrante se agitaba un océano de dolor. Muchas noches no tuvimos
alimento para subsistir y muchos días Nuestro cuerpo no encontró descanso.
¡Por Aquel Que tiene en Sus manos Mi existencia!, no obstante esta lluvia de
aflicciones e incesantes calamidades, Nuestra alma estaba envuelta en gozosa
alegría, y todo Nuestro ser mostraba indescriptible regocijo. En Nuestra
soledad no sabíamos del daño ni del provecho, ni de la salud o enfermedad de
ninguna alma. Sólo comulgábamos con Nuestro espíritu, ajeno al mundo y todo
lo que hay en él. Sin embargo, no sabíamos que la red del destino divino
supera las más vastas concepciones humanas, y el dardo de Su decreto excede
los más osados planes del hombre. Nadie puede escapar a los lazos que Él
tiende; ninguna alma encuentra liberación sino mediante la sumisión a Su
voluntad. ¡Por la rectitud de Dios! Nuestro retiro no contemplaba regreso ni
tenía Nuestra separación esperanza de reunión. El único propósito de Nuestro
apartamiento era evitar llegar a ser objeto de discordia entre los fieles,
fuente de disturbio para Nuestros compañeros, medio para dañar a alguna
alma, o causa de dolor para algún corazón. Fuera de éstas no abrigábamos
otra intención, y aparte de eso no teníamos en vista otro fin. Y, sin
embargo, cada persona tramaba según su deseo y se guiaba por su propia
ociosa fantasía, hasta el momento en que llegó de la Fuente Mística el
llamado que Nos ordenaba regresar al lugar de donde habíamos venido.
Renunciando a Nuestra voluntad por la Suya, Nos sometimos a Su mandato.
¿Qué pluma puede
describir lo que vimos a Nuestro regreso? Han transcurrido dos años durante
los cuales Nuestros enemigos, sin cesar y diligentemente, han tratado de
exterminarnos, lo que todos testifican.26
Oposición de los
Mullás
Después del
regreso de Su retiro Su fama aumentó más que nunca y la gente acudía a
Baghdád, de lugares cercanos y lejanos, para verlo y escuchar Sus
enseñanzas. Judíos, cristianos, zoroastrianos y aun musulmanes empezaron a
interesarse en el nuevo Mensaje. Los mullás (doctores musulmanes) tomaron
una actitud hostil y tramaron incesantemente para hacerlo caer. En cierta
ocasión enviaron a uno de los suyos a entrevistarlo y hacerle ciertas
preguntas. El emisario encontró las respuestas de Bahá'u'lláh tan
convincentes y Su sabiduría tan asombrosa, aunque evidentemente no adquirida
por el estudio, que se vio obligado a confesar que Su conocimiento y
comprensión eran incomparables. Sin embargo, para satisfacer a los mullás
que lo habían enviado pidió a Bahá'u'lláh que hiciera algún milagro para
probar que realmente era profeta. Bahá'u'lláh expresó Su disposición a
complacerlo bajo ciertas condiciones, declarando que si los mullás se
pusieran de acuerdo sobre algún milagro a realizar, y firmasen y sellasen un
documento al efecto de que realizado ese milagro confesarían la validez de
Su Misión y se comprometerían a no atacarlo más, Él produciría la prueba
deseada, de lo contrario quedaría convicto como impostor. Ciertamente, ésta
era la oportunidad de los mullás, si su intención hubiese sido la de
encontrar la verdad; pero su objeto era muy diferente. Buscaban únicamente
una decisión que los favoreciera, ya fuese por medios justos o injustos.
Temieron la verdad y huyeron de tan osado desafío. Esta derrota tan sólo los
estimuló a urdir nuevos complots que acabaran con el oprimido movimiento. El
cónsul general de Persia en Baghdád se alió con ellos, enviando repetidos
mensajes al Sháh, en los que acusaba a Bahá'u'lláh de estar perjudicando a
la religión islámica más que nunca y de seguir ejerciendo una maligna
influencia en Persia, por lo cual debería ser desterrado a una región más
lejana.
Una característica
de Bahá'u'lláh en esta crisis fue que, mientras los Gobiernos persa y turco,
incitados por los mullás, combinaban sus esfuerzos para suprimir la Causa,
Él se mantenía calmo y sereno, alentando e inspirando a Sus discípulos y
escribiendo inolvidables palabras para consolarlos y guiarlos. 'Abdu'l-Bahá
relata cómo escribió, en esa época, Las Palabras Ocultas. Bahá'u'lláh salía
con frecuencia a caminar por las riberas del río Tigris. Parecía lleno de
felicidad a Su regreso y se ponía a escribir esas joyas líricas de sabios
consejos que han servido de ayuda y consuelo a miles de corazones dolientes
y afligidos. Durante varios años sólo existieron unas pocas copias
manuscritas de Palabras Ocultas, que tenían que ser cuidadosamente guardadas
para que no cayeran en manos de los numerosos enemigos. Mas ahora este
pequeño volumen es, quizás, el más conocido entre las obras de Bahá'u'lláh y
es leído en todas partes del mundo. El Libro de Íqán es otra de las obras
muy conocidas de Bahá'u'lláh, escrita más o menos en el mismo período, hacia
el final de Su permanencia en Baghdád (1862-1863 D.C.).
La Declaración en
Ri¤ván, cerca de Baghdád
Después de muchas
negociaciones, y a petición del Gobierno persa, el Gobierno turco dictó una
orden convocando a Bahá'u'lláh en Constantinopla. Sus seguidores quedaron
consternados al recibir esta noticia. Sitiaron de tal modo la casa de su
amado Jefe, que la familia tuvo que acampar durante doce días en el Jardín
de Najíb Páshá, en las afueras de la ciudad, mientras se preparaba la
caravana para el largo viaje. Durante el primero de estos doce días (22 de
abril a 3 de mayo de 1863, o sea diecinueve años después de la Declaración
del Báb), Bahá'u'lláh anunció a algunos de sus seguidores las buenas nuevas
de que Él era Aquel cuya venida había sido anunciada por el Báb, el Elegido
de Dios, el Prometido de todos los Profetas. El jardín donde esta memorable
Declaración tuvo lugar fue después conocido por los bahá'ís con el nombre de
"Jardín de Ri¤ván", y los días que Bahá'u'lláh pasó allí se conmemoran como
la "Fiesta de Ri¤ván", que se celebra anualmente en cada aniversario de esos
doce días. Durante esos días Bahá'u'lláh, en vez de estar triste y
deprimido, mostró gran gozo, dignidad y poder. Sus discípulos se mostraron
felices y entusiastas, y grandes multitudes venían a rendirle homenaje.
Todos los notables de Baghdád, aun el mismo gobernador, fueron a honrar al
prisionero que partía.
Constantinopla
y Adrianópolis
El viaje a
Constantinopla duró entre tres y cuatro meses. El grupo de viajeros estaba
compuesto por Bahá'u'lláh, doce miembros de Su familia y veintiséis
discípulos. Llegados a Constantinopla, se hallaron prisioneros en una
pequeña casa que resultó muy pequeña. Más tarde consiguieron un alojamiento
algo mejor, pero después de cuatro meses fueron de nuevo obligados a
trasladarse, esta vez a Adrianópolis.
El viaje a
Adrianópolis, aunque no duró más que unos pocos días, resultó el más
terrible de los que habían emprendido hasta entonces. Casi todo el tiempo
nevó de modo intenso y, como no iban provistos de ropa ni de alimentos
adecuados, sufrieron extremadamente. Para el primer invierno en Adrianópolis,
Bahá-'u'lláh y Su familia, en número de doce personas, fueron alojados en
una pequeña casa de tres habitaciones, sin comodidad alguna e infestada de
bichos. En la primavera les dieron un alojamiento más cómodo. Residieron en
Adrianópolis más de cuatro años y medio. Bahá'u'lláh siguió con Sus
enseñanzas y reunió a su alrededor un numeroso grupo de seguidores. Anunció
Su misión públicamente y fue aceptado con entusiasmo por la mayoría de los
bábís que, desde entonces fueron conocidos por bahá'ís. Sin embargo, una
minoría bajo la dirección de Mírzá Yahyá (el medio hermano de Bahá'u'lláh)
le hizo violenta oposición y se alió con Sus antiguos enemigos, los shi'íes,
tramando Su caída. Siguieron grandes dificultades, hasta que, por último, el
Gobierno turco desterró a ambos grupos, bábís y bahá'ís, de Adrianópolis,
exiliando a Bahá'u'lláh y Sus discípulos en 'Akká, Palestina, adonde
llegaron (según Nabíl)27 el 31 de agosto de 1868, mientras Mírzá Yahyá y su
grupo eran enviados a Chipre.
Cartas a los Reyes
Durante esta época
Bahá'u'lláh escribió Sus famosas cartas al Sultán de Turquía, a muchas de
las figuras reinantes de Europa, al Papa y al Sháh de Persia. Más tarde, en
Su Kitáb-i-Aqdas28, se dirigió a otros soberanos, a los gobernantes y
presidentes de América, a los líderes religiosos en general y a la
generalidad de la humanidad. A todos, Él les anunciaba Su misión y los
exhortaba a que dedicaran sus energías a establecer el verdadero sentido de
religión, gobierno justo y paz internacional. En Su carta al Sháh le rogaba
fervorosamente por los oprimidos bábís, pidiéndole ser puesto cara a cara
con aquellos que habían instigado las persecuciones. Inútil es decir que
esta petición fue ignorada. Badí, el joven y devoto bahá'í que entregó la
carta de Bahá'u'lláh, fue prendido y martirizado con horribles torturas. ¡Le
aplicaron ladrillos candentes contra su cuerpo!
En la misma carta
Bahá'u'lláh hace una descripción muy conmovedora de Sus propios sufrimientos
y anhelos:
¡Oh rey!, he visto
en el camino de Dios lo que otros ojos no han visto y otros oídos no han
escuchado. Mis amigos me han abandonado, los caminos se han estrechado ante
Mí, la fuente de seguridad se ha secado y la llanura de la tranquilidad se
ha abrasado. ¡Cuántas calamidades han descendido y cuántas más descenderán!
Yo camino avanzando hacia el Todopoderoso, el Generoso, mientras detrás de
Mí se arrastra la serpiente. De Mis ojos surgen tantas lágrimas, que Mi
lecho está empapado; mas Mi pena no es por Mí. Por Dios, Mi cabeza anhela
recibir las lanzas por amor de su Señor, y nunca paso cerca de un árbol sin
que le diga Mi corazón: "¡Oh si pudieras ser derribado en mi nombre para que
mi cuerpo sea crucificado sobre ti en el sendero del Señor!" Sí, porque veo
que la humanidad, en su embriaguez, se ha desviado sin darse cuenta; los
hombres han exaltado sus pasiones, se han apartado de Dios, y consideran Su
Mandato como una burla y un juguete; y piensan que obran bien y que están
protegidos en la ciudadela de la seguridad. Pero no es como ellos suponen:
¡mañana verán lo que hoy niegan!
Estamos por salir
de este remoto lugar de destierro [Adria-nópolis( para ir a la prisión de 'Akká.
Por las noticias que tenemos, esta ciudad es la más desolada del mundo, la
de aspecto más desagradable, la de clima más detestable, con las aguas más
impuras, cual si fuera una metrópolis de búhos, puesto que allí no se oye
más ruido que el de sus gritos. Es allí donde se proponen encerrar a este
Siervo, negándonos toda indulgencia y privándonos hasta el final de nuestros
días de todas las cosas buenas de la vida en este mundo. Dios Mío, aunque el
cansancio Me debilitara y el hambre Me destruyera, y Mi lecho fuera de dura
roca y Mis compañeros las bestias del desierto, no retrocederé, sino que
seré paciente, como son pacientes y decididos los que se fortalecen por el
poder de Dios, el Rey de la Preexistencia, el Creador de las naciones; y, en
medio de todas estas tribulaciones, daré gracias a Dios. Esperamos de Su
bondad (¡exaltado es Él!)... que haga sinceras las caras de los hombres que
se vuelven hacia Él, el Todopoderoso, el Generoso. Ciertamente, Él
responderá a aquel que eleve a Él sus plegarias y estará cerca de los que Le
llamen. Y le pedimos que convierta esta calamidad en un escudo que cubra el
cuerpo de Sus santos y los proteja con esto de las puntiagudas lanzas y
afiladas espadas. A través de la aflicción ha brillado Su luz y Sus
alabanzas alumbran incesantemente: éste fue Su método a través de las edades
y los tiempos pasados.29
La Prisión de 'Akká
En aquel tiempo 'Akká
(Acre) era una ciudad-prisión donde eran enviados los peores criminales
desde todas partes del Imperio Turco. Al llegar allí, después de un
miserable viaje por mar, Bahá'u'lláh y Sus seguidores, entre ochenta y
ochenta y cuatro en número, incluyendo a hombres, mujeres y niños, fueron
encarcelados en los cuarteles del ejército. El sitio era sucio y
desagradable en extremo. No había camas ni ninguna otra comodidad. El
alimento que les proporcionaban era tan detestable e inadecuado que, después
de unos días, los prisioneros rogaron que se les permitiera a ellos mismos
comprar sus alimentos. Durante los primeros días los niños lloraban
continuamente y era casi imposible dormir. Pronto empezaron a sufrir de
malaria, disentería y otros males; todos cayeron enfermos excepto dos. Tres
sucumbieron debido a su enfermedad, siendo indescriptibles los sufrimientos
de los sobrevivientes.30
Esta rigurosa
encarcelación duró más de dos años, durante los cuales a ningún bahá'í le
fue permitido salir de la puerta del cuartel, a excepción de cuatro hombres
que iban diariamente, cuidadosamente escoltados, a comprar alimentos.
Durante su
encarcelamiento en el cuartel no se permitieron visitantes. Varios bahá'ís
de Persia hicieron el largo viaje a pie con objeto de ver a su amado
Maestro, pero no fueron admitidos dentro de las murallas de la ciudad.
Solían dirigirse a un lugar fuera de la tercera línea de fosos, desde donde
podían divisar las ventanas del cuarto de Bahá'u'lláh. Él se mostraba a Sus
amigos desde una de las ventanas y ellos, después de divisarlo a lo lejos,
lloraban y regresaban a sus casas encendidos por un renovado deseo de
sacrificio y servicio.
Se Mitigan Algunas
Restricciones
Al fin, el
encarcelamiento se mitigó. Tuvo lugar una movilización de tropas turcas y se
necesitaba el cuartel para alojar a los soldados. Bahá'u'lláh y Su familia
fueron trasladados a una casa, y los demás del grupo fueron alojados en una
posada para caravanas en la ciudad. Bahá'u'lláh estuvo confinado siete años
más en esta casa. En una pieza pequeña al lado de la que Le confinaba,
¡trece personas de la familia, de ambos sexos, tuvieron que acomodarse como
pudieron! Al principio de Su estancia en esta casa sufrieron mucho por falta
de espacio, alimentos inadecuados y ausencia de las más elementales
comodidades. Después de algún tiempo, sin embargo, unas cuantas piezas más
fueron puestas a Su disposición, de modo que les fue posible vivir con
relativa comodidad. Desde que Bahá'u'lláh y Sus compañeros salieron del
cuartel les fue permitido recibir visitas, y poco a poco se fueron
levantando las severas restricciones impuestas por órdenes imperiales,
aunque de vez en cuando eran reimpuestas por un tiempo.
Se Abren las
Puertas de la Prisión
Aun en los peores
tiempos de la prisión los bahá'ís no desmayaron ni fue conmovida su serena
confianza. Mientras estaba en los cuarteles de 'Akká, Bahá'u'lláh escribió a
unos amigos: "No temáis, estas puertas se abrirán. Mi tienda se levantará en
el Monte Carmelo y nuestro gozo será inefable". Esta declaración fue una
fuente de gran consuelo para Sus discípulos y en el curso del tiempo se
cumplió literalmente. La relación de cómo se abrieron las puertas de la
prisión es mejor hacerla con las mismas palabras de 'Abdu'l-Bahá, tal como
las tradujera Su nieto, Shoghi Effendi:
Bahá'u'lláh amaba
la belleza y el verdor de los campos. Un día hizo esta observación: "Durante
nueve años no he contemplado la vegetación. ¡El campo es el mundo de las
almas, la ciudad el mundo de los cuerpos!" Cuando oí indirectamente estas
palabras, me di cuenta de que Él anhelaba estar en el campo y tuve la
seguridad de que cualquier cosa que yo hiciera para colmar Su deseo tendría
éxito. Había en este tiempo en 'Akká un hombre llamado Mu¥ammad Páshá Safwat,
que no ocultaba su oposición hacia nosotros. Tenía una casa solariega
llamada Mazra'ih, situada unas cuatro millas al norte de la ciudad, un sitio
muy bonito, rodeado de jardines y cruzado por un arroyo. Fui a casa de este
Páshá a visitarle y le dije: "Páshá, has dejado la casa vacía y estás
viviendo en 'Akká". Me replicó: "Soy un inválido y no puedo dejar la ciudad.
Si voy allá, es muy solitario y estaré lejos de mis amigos". Le dije: "Si tú
no vives allí y tu casa está vacía, alquílanosla a nosotros". Mostró gran
sorpresa a esta proposición, pero luego consintió. Alquilé la casa a muy
bajo precio, alrededor de cinco libras esterlinas por año. Le pagué cinco
años y firmamos un contrato. Envié obreros para hacer algunas reparaciones,
arreglar el jardín y construir un baño. También hice preparar un coche para
uso de la Bendita Belleza.31 Un día decidí ir a ver yo mismo la casa. A
pesar de los varios decretos dados sucesivamente para que de ninguna manera
pasáramos los límites de las murallas de la ciudad, me atreví a pasar sus
puertas. Los gendarmes que estaban de guardia no hicieron objeción alguna y
yo proseguí directamente hasta la casa. Al día siguiente salí de nuevo con
algunos amigos y funcionarios; nadie nos cortó el paso ni nos molestó, a
pesar de que estaban situados guardias y centinelas a ambos lados de las
puertas de la ciudad. Otro día preparé un banquete, tendí una mesa bajo los
pinos de Bahjí e invité a los notables y funcionarios de la ciudad. Al
anochecer regresamos todos juntos a la ciudad.
Un día fui a la
santa presencia de la Bendita Belleza y le dije: "El palacio de Mazra'ih
está listo para recibirte y un coche para llevarte". (En aquel tiempo no
había coches en 'Akká ni en Haifa.) Él se negó a ir, diciendo: "Soy un
prisionero". Más tarde le rogué de nuevo, pero obtuve la misma respuesta. Me
animé a rogarle por tercera vez, pero de nuevo Él dijo "¡No!", y yo no me
atreví a insistir más. Había entonces en 'Akká cierto Shaykh musulmán,
hombre muy conocido y de considerable influencia, que amaba a Bahá'u'lláh y
que era, a su vez, muy apreciado por Él. Visité a este Shaykh para
explicarle la situación y le dije: "Tú eres intrépido. Ve esta noche ante Su
santa presencia, cae de rodillas ante Él, tómale las manos y no lo dejes
hasta que te prometa dejar la ciudad". El Shaykh era árabe... Fue
directamente hasta Bahá'u'lláh y se sentó junto a Sus rodillas. Cogió Sus
manos y después de besarlas le preguntó: "¿Por qué no dejas la ciudad?" Él
respondió: "Soy un prisionero". El Shaykh replicó: "¡Dios no lo permita!
¿Quién tiene el poder de hacerte prisionero? Tú Te has puesto a Ti mismo en
prisión. Era Tu propia voluntad ser apresado, y ahora Te ruego que salgas y
vayas al palacio. ¡Es bello y florido, los árboles son preciosos y las
naranjas como bolas de fuego!" Cada vez que la Bendita Belleza decía: "Soy
un prisionero, no puede ser", el Shaykh tomaba Sus manos y las besaba. Una
hora siguió implorando. Al fin, Bahá'u'lláh dijo: "Khaylí khub" (Muy bien),
y así premió la paciencia y persistencia del Shaykh. Éste vino a mí con gran
gozo a darme la feliz noticia de que Su Santidad consentía. A pesar de una
estricta orden de 'Abdu'l-Azíz que prohibía que yo tuviese reunión o
comunicación con la Bendita Perfección, al día siguiente preparé el coche y
llevé a Bahá'u'lláh al palacio. Nadie hizo objeción. Lo dejé en el palacio y
yo regresé a la ciudad.
Durante dos años
habitó ese sitio encantador. Entonces se decidió ir a otro sitio en Bahjí.
Una enfermedad epidémica se había declarado en Bahjí, y el dueño de la casa
y su familia habían huido angustiados y estaban dispuestos a ofrecer la casa
sin cobrar nada al que la solicitara. Alquilamos la casa a un precio muy
bajo, y allí fue donde se abrieron las puertas de majestad y verdadera
soberanía. Bahá'u'lláh seguía siendo nominalmente su prisionero, pues los
radicales decretos del Sultán 'Abdu'l-Azíz nunca fueron derogados, pero Él
mostraba tal dignidad y nobleza en Su vida y Su porte que era reverenciado
por todos. Los gobernantes de Palestina envidiaban Su influencia y poder.
Los gobernadores y mutasarifes, generales y funcionarios locales solicitaban
humildemente el honor de ser llevados a Su presencia, petición que Él rara
vez concedía.
En una ocasión el
Gobernador de la ciudad imploró este favor alegando que las autoridades
superiores le habían ordenado que visitase, acompañando a cierto general, a
la Bendita Perfección. La petición fue concedida. El general, que era un
individuo corpulento, un europeo, quedó tan impresionado por la majestuosa
presencia de Bahá'u'lláh, que se arrodilló en el suelo cerca de la puerta.
Tal era la timidez de los dos visitantes, que sólo después de repetidas
invitaciones de parte de Bahá'u'lláh pudieron ser inducidos a fumar el
narguile (pipa oriental) que se les ofreció. Aun entonces, apenas lo tocaron
con los labios y, colocándolo a un lado, cruzaron los brazos y se sentaron
en una actitud de tal humildad y respeto que asombraron a los que se
encontraban presentes.
La afectuosa
reverencia de los amigos, la consideración y respeto que le mostraban
funcionarios y notables, el flujo de peregrinos y de gente que venía en
busca de la verdad, el espíritu de devoción y servicio manifestado a Su
alrededor, el majestuoso y regio aspecto de la Bendita Perfección, la
eficacia de Su mandato, el gran número de Sus devotos, todo atestiguaba que
Bahá'u'lláh no era en realidad un prisionero, sino un Rey de reyes.
Dos soberanos
despóticos estaban en contra de Él, dos autocráticos y poderosos
gobernantes; pero, estando aún confinado en las propias prisiones de éstos,
Él se dirigía a ellos en términos severos, como un rey se dirige a sus
súbditos. Más tarde, a pesar de las severas órdenes, vivió como un príncipe
en Bahjí. Con frecuencia solía decir: "En verdad, en verdad, la prisión más
miserable se ha convertido en el Jardín del Edén".
Realmente no se ha
visto cosa semejante desde la creación del mundo.
La Vida en Bahjí
Habiendo mostrado
en los primeros años de sufrimiento cómo glorificar a Dios en un estado de
pobreza e ignominia, Bahá'u'lláh, durante Sus últimos años en Bahjí, enseñó
cómo glorificar a Dios en un estado de honores y opulencia. Las ofrendas de
cientos de miles de Sus devotos seguidores pusieron a Su disposición
cuantiosas sumas de dinero que Él debía administrar. A pesar de que Su vida
en Bahjí ha sido descrita como verdaderamente regia, en el más alto sentido
de la palabra, no debemos imaginarnos que se caracterizó por ningún
esplendor material ni extravagancia. La Bendita Perfección y Su familia
vivían de manera muy sencilla y modesta, y el derroche en lujos egoístas era
algo desconocido en aquella casa. Cerca de Su casa los creyentes arreglaron
un hermoso jardín llamado Ri¤ván, en el que frecuentemente pasaba algunos
días, y aun semanas, durmiendo por las noches en una pequeña choza en el
jardín. Ocasionalmente iba más lejos; hizo varias visitas a 'Akká y Haifa, y
en más de una ocasión levantó Su tienda en el Monte Carmelo, como Él mismo
lo había predicho en la prisión del cuartel de 'Akká. Bahá'u'lláh pasaba la
mayor parte de Su tiempo rezando y meditando, escribiendo los Libros
Sagrados, revelando Tablas y en la educación espiritual de Sus amigos. Para
permitirle dedicarse por completo a estas grandes obras, 'Abdu'l-Bahá tomó a
Su cargo los demás asuntos, incluso los de entrevistarse con los mullás,
poetas y miembros del Gobierno. Todos éstos se mostraban contentos y felices
de conversar con 'Abdu'l-Bahá, cuyas explicaciones y charlas les dejaban
completamente satisfechos. Y aun cuando no hubiesen visto a Bahá'u'lláh en
persona, le tomaban gran simpatía y admiración al conocer a Su hijo, pues la
actitud de 'Abdu'l-Bahá los ayudaba a comprender la posición de Su padre.
El distinguido
orientalista, el extinto Edward G. Browne, profesor de la Universidad de
Cambridge, visitó a Bahá'u'lláh en Bahjí en el año 1890 y escribió sus
impresiones como sigue:
... mi guía se
detuvo por un momento mientras yo me quitaba los zapatos. Entonces, con un
rápido movimiento de la mano, retiró la cortina; cuando yo hube pasado la
puso nuevamente en su sitio, y me encontré en una gran habitación, a lo
largo de cuyo extremo superior había un diván bajo, mientras que en la pared
frente a la puerta estaban colocadas dos o tres sillas. Aunque yo tenía una
vaga idea del lugar adonde iba y a Quién había de contemplar (pues no me
había sido proporcionada ninguna información precisa), pasaron unos segundos
antes de que, estremecido de asombro y reverente temor, tuviera conciencia
de que la habitación no estaba vacía. En el ángulo donde el diván se apoyaba
en la pared distinguí una extraordinaria y venerable figura, coronada con un
tocado de fieltro, parecido a los llamados "taj" por los derviches, pero
diferente en la hechura y mucho más altos, y en la base del cual estaba
arrollado un pequeño turbante. El rostro de Aquel a Quien contemplé nunca lo
podré olvidar, y, no obstante, no puedo describirlo. Esos ojos penetrantes
parecían leer en mi propia alma; en Su amplia frente había poder y
autoridad, mientras que las profundas líneas de Su ceño y Su faz denotaban
una edad que parecía negar el negro azabache de Su cabello y Su barba, que
descendía exuberante casi hasta la cintura. ¡No necesitaba preguntar en
presencia de Quién me encontraba al inclinarme ante Aquel Que es objeto de
una devoción y un amor que los reyes podrían envidiar y por los cuales los
emperadores suspiran en vano!
Una voz digna y
suave me pidió que me sentara, y continuó: "¡Alabado sea Dios porque has
llegado hasta Mí!... Has venido a ver a un prisionero y un desterrado...
Nosotros sólo deseamos el bien del mundo y la felicidad de las naciones; sin
embargo, nos consideran causantes de sedición y de rivalidades, merecedores
de la prisión y del destierro... Que todas las naciones tengan una fe común
y todos los hombres sean hermanos; que se fortalezcan los lazos de afecto y
unidad entre los hijos de los hombres; que desaparezca la diversidad de
religiones y se anulen las diferencias de raza. ¿Qué mal hay en esto?...
Pero esto se cumplirá; esas luchas sin objeto, esas guerras desastrosas
desaparecerán y la "Más Grande Paz" reinará... Ustedes, en Europa, ¿no
necesitan también de esto? ¿No fue esto mismo lo que anunció Cristo?... Sin
embargo, vemos a vuestros reyes y gobernantes disipando sus tesoros más en
medios de destrucción de la raza humana que en aquello que proporcionaría
felicidad a la humanidad... Estas luchas, este derramamiento de sangre y
esta discordia cesarán y todos los hombres serán como miembros de una sola
familia... Que ningún hombre se gloríe de que ama a su patria; que más bien
se gloríe de que ama a sus semejantes..."
Éstas son, más o
menos, las palabras que puedo recordar y que, además de muchas otras, yo
escuché de labios de Bahá. Que aquellos que las lean consideren por sí
mismos si tales doctrinas merecen muerte y prisión, y si el mundo más
probablemente gane o pierda por su difusión.
Ascensión
Así, simple y
serenamente, pasó Bahá'u'lláh el ocaso de Su vida en la tierra, hasta que,
después de un ataque de fiebre, falleció el 29 de mayo de 1892, a la edad de
setenta y cinco años. Entre las últimas Tablas que reveló estaba Su última
Voluntad y Testamento, que escribió con Su propia mano y firmó y selló
debidamente. Nueve días después de Su muerte, Su hijo mayor, en presencia de
miembros de Su familia y de algunos amigos, rompió los sellos y el contenido
del corto pero notable documento fue dado a conocer. Su última Voluntad
nombraba a 'Abdu'l-Bahá como Su representante y exponente de Sus enseñanzas,
instruyendo al resto de la familia, a los parientes, así como a todos los
creyentes, a volverse hacia Él y obedecerle. Por medio de este arreglo
esperaba evitar todo sectarismo y división y asegurar la unidad de la Causa.
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